EURÍPIDES

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Eurípides nació entre el 484 y el 480 a. C. en Atenas, o quizás en la próxima isla de Salamina, donde su familia poseía unas tierras. Pertenece a lo que alguien ha llamado la “Gran Generación”, la de aquellos hombres que fueron la expresión más firme y la conciencia másclara de los avances de la democracia y del pensamiento libre en la Atenas de Pericles.

Vivió en la época de la ilustración sofística y del apogeo del poderío marítimo ateniense, en la época en que se construyó el Partenón y los más hermosos edificios de la Acrópolis, y admiró con un patriotismo síncero los ideales de la democracia. A diferencia de Sófocles, no ocupó cargos de relieve en la política y se mantuvo apartado y distante en la sociedad civil de su tiempo.

Sobre su vida tenemos pocos datos ciertos, pero todo parece indicar que procedía de una familia acomodada. Su padre fue Mnesarco, del demos ático de File. Tal vez se casó dos veces y tuvo tres hijos: Mnesárquides, Mnelísoco y Eurípides.

Debió frecuentar los círculos ilustrados de Atenas, y escuchó lecciones de Anaxágoras y de Protagoras, entre otros pensadores del momento. También se decía de él que logró reunir la primera biblioteca privada de la ciudad, y que en su cueva de Salamina, solo frente al mar, meditaba y componía sus dramas.

Presentó sus primeras obras de teatro en el concurso del año 455 a. C., cuando Esquilo acababa de morir. Conocemos el nombre de una de sus primeras tragedias: Pelíadas , hijas de Pelias, a las que astuta Medea engañó haciendo que mataran a su viejo padre. Obtuvo el tercer puesto, el último en la participación.

Durante cincuenta años Eurípides escribió para la escena trágica, que compartió con Sófocles y otros dramaturgos cuyas obras su nos han perdido. Tras muchas desilusiones y unos pocos éxitos, aceptó una invitación del monarca macedonio, el tirano Arquelao, para acudir a su corte en Pella. Y allí murió el viejo Eurípides, unos meses antes de que concluyera la larga guerra del Peloponeso.

Aquel año de 406 a. C. su gran rival, Sófocles, ya nonagenario, hizo desfilar a sus actores vestidos de luto y sin coronas festivas, en señal de duelo, para anunciar a todo el teatro de Dioniso que allá lejos había muerto Eurípides. Sófocles le sobrevivió sólo unos meses.

Después de la muerte de Eurípides, y la casi inmediata de Sófocles, la escena trágica ateniense quedó desamparada.

No dejó de ser un trazo singularmente significativo el contraste entre la popularidad y el prestigio inigualable que gozó el teatro de Eurípides tras su muerte, durante muchos siglos de helenismo, con la estimación ambigua y el aplauso que sus conciudadanos le habían regateado en vida tantas veces. Pues desde su primera representación en el 455 a. C., hasta la puesta en escena de sus últimas piezas, en larepresentación póstuma que dirigió su hijo, Eurípides el Joven, en 404 a. C., el trágico concurrió a los certámenes dionisíacos en vientidós ocasiones y sólo en cuatro logró un primer premio. Como en cada ocasión se concurría con una tretalogía, tres tragedias y un drama satírico, la producción teatrla de Eurípides se eleva a noventa y dos obras.

Y, sin embargo, una vez muerto el poeta, tan duramente tratado por el público ateniense, se convirtió para muchos en el más profundo intérprete de la vida, en un pensador trágico de la existencia, el que mejor había expresado los anhelos y las angustías de una humanidad doliente en la que los espectadores y los lectores se reconocían con íntensa simpatía.

Probablemente este fenómeno refleja algo bien conocido y advertido muchas veces con claridad: que Eurípides se anticipó a las maneras de sentir y pensar de la época helenística, fue un precursor audaz y doliente de la nueva concepción del mundo y del individuo en la crisis de la polis clásica y su sistema de creencias y valores.

De Eurípides hemos conservado dieciocho tragedias, aunque una de ellas, Reso, es de autoría discutida. De las dieciocho, una es un drama satírico, El Cíclope. El resto: Hécuba,Orestes, Fenicias, Hipolito, Medea, Alcestis, Andrómaca, Troyanas, Reso, Helena, Electra, Heracles, Heraclidas, Suplicantes, Ifigenia en Aulide, Ifigenia entre los Tauros, Ión y Bacantes.

Por la cita de varios autores y, de un modo especial gracias a los fragmentos papiráceos encontrados en Egipto tenemos restos parciales de otras tragedias. De entre las piezas que conocemos en parte por esos fragmentos de papiro merecen destacarse la de Alejandro, Antíope, Orestes, Cretenses, Erecteo, Faetonte, Hipsípila y Télefo.

W. Nestle publicó en su libro Eurípides, el poeta de la Ilustración griega que en Eurípides encontramos una veta ilustrada, racionalista, un empeño en analizar los motivos y las pasiones mismas desde una perspectiva lógica, una crítica a los viejos mitos y a las creencias tradicionales, una duda constante respecto a la justicia y a la opresión de las relaciones sociales, una desconfianza en la religión y en las leyendas transmitidas desde antaño, todo eso caracteriza el discurso de muchos personajes de Eurípides. Mucho menos seguros de sí mismos, mucho menos equilibrados en su disposición heróica, pero mucho mejor descritos psíquicamente, más complejos y más próximos a hombre de la calle, que los protagonistas de Esquilo y Sófocles. Los personajes de Eurípides expresan en sus planteamientos, en sus discusiones dialécticas, en sus indecisiones y dudas, la complejidad de ideas y la crisis intelectual y moral de la época. Hay en Eurípides una tendencia al realismo en la descripción psicológica que lleva a una crítica y una demoledora visión del mundo mítico, paradigmático y tradicional, que proporciona al teatro trágico sus argumentos.

Todo se discute en los dramas euripídeos, donde abundan los enfrentamientos dialécticos, a modo de antilogías retóricas de que gustaban los sofistas. Eurípides es un intelectual, heredero de esa continua inquisición de la verdad a través de la discusión y el análisis.

A. W. Verrall calificó a Eurípides como ” el racionalista”. Razones hay para ello. Eurípides cree en la razón como método más seguro para enfrentarse a los conflictos de la vida. Y los personajes de su tragedias discuten en busca del argumento más fuerte para defenderse. Pero casi nunca el razonamiento les conduce a una salida, porque los conflictos trágicos suelen ser inextricables.

Los personajes de Eurípides se encuentran abocados a un conflicto insuperable, que tratan de vencer aún a costa de su propia heroicidad. Demasiado humanos, ceden y vacilan, tienen  dudas respecto a los dioses. Son frecuentes los debates en los que se muestra la crueldad y el desatino de una conducta divina, y, sin embargo, ese racionalismo no proporciona una salida al conflicto.

Desde luego es comprensible que las tragedias de Eurípides conmocionarán y escandalizaran a sus conciudadanos. Esa reiterpretación crítica de los mitos, esa consideración psicológica de las figuras heróicas, debieron de producir numerosos desconciertos y un cierto sentimiento de malestar y de incomodidad en los espectadores. La “katharsis” o purificación, que el espectador sentía en la asistencia al teatro, va acompañada aquí de una sensación de desconcierto ante el giro con que el trágico enfoca la cuestión mítica. Ese realismo de Eurípides, ese afán por hurgar en el interior de las figuras trágicas, causa una profunda inquietud.

Por otro lado, frente a los temas y personajes tradicionales, Eurípides introduce figuras desconcertantes, como su heroínas: Alcestis, Medea, Fedra. En una sociedad donde el lema era que la mujer debía vivir en la sombra y sumisión del hogar, las apasionadas heroínas suscitaron el escándalo. En Eurípides estas mujeres pretenden defender no unos valores tradicionales, familiares, sino una dignidad personal femenina, un derecho a ser consideradas, ellas, mujeres, tan humanas y capaces de sufrir y actuar como los hombres.

La lengua de Eurípides se asemeja al habla coloquial por diversas razones: vocabulario extraido de la prosa, uso de figuras estilísticas coloquiales, del hipérbaton, o el recurso de poner en antecedentes de lo que va a pasar con el prólogo. Esto no significa que sea un estilo vulgar, sino que posee la sencillez caracterísica de los poetas que tienen cosas importantes que decir.

La importancia del coro en Esquilo y Sófocles como personaje activo en el conflicto dramático desaparece por completo en Eurípides. Sin embargo, los coros de éste cobran relevancia por la calidad poética que poseen y como espectáculo musical.

Se ha observado como ciertas partes de la tragedias de Eurípides se destacan con mayor nítidez y tienden a tener vida propia, pero esto no significa que los dramas del autor se vayan a descomponer, sino que forman un todo en el que esas partes se distinguen en sus aspectos formales. Así ocurre en los diálogos agonales, donde se despliega el gusto por los griegos por la disputa, y su pasión por las acciones judiciales. Se ve influido en cierta medida por la retórica de su tiempo. Al final de sus dramas usa el deus ex machina para desenredar la trama y restablecer el orden.

Son importantes los cantos corales de Eurípides, que no son meras interpolaciones sino que tienen el carácter de relatos líricos independientes, donde la musicalidad nos muestra el nuevo giro que experimenta el ditirambo ático en esta época.

FUENTES

Historia, novela y tragedia, Carlos García Gual. Literatura, Alianza Editorial.

www.Culturaclasica.com (el drama ático: tragedia y comedia, Eurípides)

3 comentarios

  1. Hola Mariachu:
    Como siempre El paraíso de Eudore aportándonos información interesante sobre el mundo clásico. Personalmente siempre me ha atraído la figura de Eurípides, el autor “que descendió la tragedia desde el Olimpo a la Tierra” y supo -como dices- analizar las pasiones humanas desde planteamientos lógicos. Optimum laborem!
    P.e-m. Te echamos de menos por Clásicos Virtuales. Un abrazo

  2. Excelente tu blog, Mariachu. No lo he podido leer todo de este golpe, pero sí casi todo. Enhorabuena. Un saludo muy cordial.

  3. Mariachu, he estado revolviendo por tu blog y me ha encantado, sobre todo la parte referida a las mujeres. Volveré muchas veces. Saludos cordiales

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